Ser o no ser… (en Google)

Computer charger trip wire, 2011 by Justin Kemp

En algunas de mis asignaturas de postgrado, después de plantear algunas prácticas de búsqueda de información, propongo a los alumnos debatir sobre por qué usan Google y, lo que es más importante, les invito a analizar las respuestas que han dado a las preguntas: consultar si podemos considerar fiable o no una fuente, contrastar siempre la información, etc.

No deja de resultarme curioso que la inmensa mayoría de ellos -adultos que, al menos, tienen una licenciatura universitaria a sus espaldas- se limite a dar razones simples y a no pensar mucho en ello, llegando a afirmar rotundamente que lo encontrado con Google es una verdad absoluta.

Pongo un ejemplo: les pido que busquen la película favorita de George W. Bush y, como es natural, dado lo controvertido del personaje en cuestión, las informaciones que se pueden encontrar son de lo más variopintas, desde Austin Powers hasta Black Hawk Down. Continue reading «Ser o no ser… (en Google)»

Por qué no tengo Twitter

Twitter nunca me ha parecido muy útil. Intuí rápidamente las posibilidades de los blogs, de las wikis, de las redes sociales y de otros inventos 2.0, pero siempre me sentí algo perdido con Twitter y no acababa de ver la utilidad de múltiples mensajes de escaso valor que eran retuiteados hasta la saciedad por los que, quizás, no tenían nada mejor que decir.

Hicimos algunos voluntariosos experimientos con esta (supuesta) red social y los resultados no fueron malos: alumnos motivados que mejoraron su expresión escrita. Después de un análisis más reposado, creo que fue más por la novedad y por el caso que les hicimos en una universidad tan tecnológica pero tan masificada que no permite muchas alegrías en forma de innovación docente de este tipo: en la UNED llevamos con MOCC -cambio open por closed– muchos años, pues no pocos equipos docentes han de gestionar más de 5.000 estudiantes.

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La piratería y el Síndrome de Diógenes

Imagen de Diógenes de Sinope
Diógenes de Sinope

Estoy debatiendo con mis alumnos de Máster sobre el tema de la propiedad intelectual. En general, creo que resultan ser una buena muestra de la sociedad, pues las posturas están muy polarizadas según seas autor o consumidor. No quiero dejar pasar la oportunidad para poner sobre la mesa algunas de las reflexiones suscitadas al calor de este debate.

Para empezar, tenemos que dejar de hablar de piratería o, al menos, con la connotación delictiva que habitualmente acompaña al término. En España, las múltiples sentencias que ha habido al respecto son claras al respecto, descartando que el hecho de descargar contenidos protegidos por copyright sea delito. Creo que sería más correcto hablar  de un uso poco ético -estoy abierto a buscar otros calificativos-, pero, en ningún caso, delito. En consecuencia, dejemos de utilizar la palabra piratería.

Hace no mucho tiempo ahorrábamos para comprar aquel libro o disco (léase casette o vinilo) de culto y no consumíamos nada más porque no podíamos comprarlo: nuestros hábitos culturales estaban claramente restringidos por la economía. Internet ha cambiado radicalmente los modelos de consumo, pero las industrias se resisten a cambiar sus modelos de negocio. Pertenezco a una generación que comenzó a ver la tele en blanco y negro, una tele en la que sólo había un canal y la llegada del segundo canal al rincón de la Castilla profunda al que pertenezco supuso una revolución -recuerdo que no se hablaba de otra cosa en los corrillos-. Sigo consumiendo televisión sentado un día y una hora concretos delante del aparato… Pero, afortunadamente, tenemos ahora muchas más opciones y cada vez más gente consume, como es natural, los contenidos cuando, donde y como quiere.

El supuesto perjuicio a los autores se basa en el concepto de lucro cesante: suponiendo que todos los que han descargado su obra la hubieran comprado, estaríamos hablando del dinero que un autor podría haber ganado pero que no ha llegado a su cuenta corriente. Se parte de un supuesto incorrecto: creo que, en el mejor de los casos, sólo un porcentaje mínimo de los que se bajan un contenido hubieran pagado por él si no hubieran tenido otra forma de adquirirlo. Internet nos permite picotear cosas que no podíamos ni imaginarnos, de manera que probamos lo que tenemos al alcance de un click y ampliamos nuestro consumo cultural. De hecho, los estudios, incluso los hechos por la Comisión Europea, poco sospechosa de estar a favor de las descargas, demuestran que, en general, los que consumen más música de manera ilegal -para entendernos- consumen más música de manera legal, concluyendo que las descargas son más una oportunidad que una amenaza para la industria musical.

Por último, creo que todos conocemos personas que descargan compulsivamente cosas que luego no consumen. Es un hecho objetivo: sólo el 5% de la información almacenada es analizada. ¿Hay lucro cesante aquí? Se trata de una versión digital del conocido Síndrome de Diógenes. Tenemos tal sobreabundancia de información que almacenamos artículos, presentaciones, tesis doctorales y un largo etcétera de cosas que nunca llegamos a leer por falta de tiempo.

Asunto complejo, pues, el de las descargas, que, en mi opinión, sólo tiene un remedio posible: modelos de negocio que hagan viables las vías ortodoxas (me resisto a utilizar «legales»). Creo que nadie está dispuesto a renunciar al modelo de consumo que permite Internet y dejar probar muchas para cosas para recuperar al Diógenes de Sinope original

 

 

 

 

Apple y los libros de texto

Libros de texto electrónicos... ¿el final de las mochilas?
Libros de texto electrónicos… ¿el final de las mochilas?

Retomo el asunto de los libros de texto a raíz de una noticia que informa de que Apple acaba de abrir una tienda de textos educativos. Se entiende, claro, que se trata de libros digitales y que estarían diseñados para iPad.

Si bien es cierto que los comienzos del libro de texto electrónico están siendo dubitativos y erráticos, no es menos cierto que, en mi opinión, la tendencia es imparable. Mis últimas compras de libros en papel han sido ediciones especiales, con ilustraciones cuidadas o con alguna otra característica que, en mi opinión, se sigue disfrutando más o únicamente en papel, como troquelados… Sin embargo, sólo adquiero en formato electrónico las novelas, publicaciones científicas, etc. Ahorro tiempo, dinero, espacio,…

Mi opinión es que, en no muchos años, se acabará por generalizar el libro de texto electrónico y desaparecerá el de papel, o al menos, desaparecerá tal y como lo conocemos ahora. Desde hace algún tiempo, las editoriales han hecho tímidos progresos en ofrecer material complementario a través de Internet o empaquetado en CD o DVD, pero son todavía pocas -en gran parte, por la escasa demanda- y siempre pensando en un valor añadido al libro impreso tradicional, no como soporte sustitutivo. Sin embargo, la presión ejercida por los alumnos, los padres, los profesores y las administraciones educativas es cada vez mayor. Creo, sinceramente, que es un proceso natural e imparable.

De momento, la oferta de Apple en España es poco más que simbólica, nada nuevo en el panorama patrio, pero es un buen toque de atención y una buen indicador de que alguien empieza a intuir que puede haber negocio. Supongo que el resto de actores estarán moviendo ficha o pensando al menos qué ficha mover.

No es que yo sea un gran defensor de los libros de texto -ya hablaré algún otro día sobre el asunto-, pero si tienen que estar presentes, que sean electrónicos, por favor.

Internet de las cosas (educativas)

Internet de las cosas
Internet de las cosas

No dejo de leer en los últimos días, en muchos medios de comunicación y blogs especializados, que una de las tendencias más destacadas a medio plazo, suponiendo que el CES de Las Vegas sirva de termómetro de tales cosas, va a ser «la internet de las cosas«.

Se trata, en resumen, de objetos con sensores y capacidades diversas, que están conectados a Internet y que pueden intercambiar datos entre sí. A modo de ejemplo, quizás anecdótico pero que ilustra muy bien de qué estoy hablando, en Cinco Días leo que se ha presentado (cito textualmente):

[…] un cepillo de dientes inteligente llamado Kolibree que, equipado con un sensor, registra la actividad de la limpieza bucal y transmite la información de forma inalámbrica a una aplicación para teléfonos inteligentes.

Sin embargo, me pregunto ¿cómo afectará todo esto a la educación? ¿qué tipo de gadgets llevarán los alumnos y profesores dentro de unos años? Se me ocurre que, por ejemplo, puede ser una excelente oportunidad para tratar discapacidades visuales, auditivas y de otros muchos tipos, de personalización de contenidos y rutas de aprendizaje, etc.

En vista de que no he podido leer ni una sola referencia a usos educativos, también me planteo si habrá alguna empresa o industria que aborde este tipo de proyectos, pues parece que, hasta ahora, se vislumbra que los cepillos de dientes inteligentes pueden ser más rentables…