El arte de preguntar

Tomo prestado el título de esta entrada de la newsletter 114 de Catenaria que escribe Javier Martínez Aldanondo. Llevo dándole muchas vueltas al asunto desde que leí sus reflexiones con interés -lo que Javier escribe casi siempre me resulta muy interesante-, y, tras asistir estos días a las reuniones iniciales del colegio, no consigo quitarme sus pensamientos de la cabeza, pues lo que puedo ver en la realidad educativa actual está perfectamente reflejado en sus palabras y lejos de los ideales de educación que ambos compartimos. No me resisto a citar textualmente el párrafo que me parece más revelador:

El principal rasgo de la inteligencia es la capacidad de aprender. Y el elemento más importante para aprender es hacerse las preguntas adecuadas porque demuestran algo capital: que estás pensando intensamente. Sin embargo, ya desde el colegio hacemos justo lo contrario. La trayectoria educativa se mide por la capacidad de responder preguntas que tú no te haces (las hacen tus profesores) y por tanto no te interesan. Lo que más teme un profesor es una pregunta que no sabe contestar lo que explica por qué en las aulas abunda el monólogo en lugar del diálogo. Tanto énfasis en memorizar respuestas solo se explica porque tenemos pánico a hacer preguntas. Es mucho más fácil evaluar respuestas que evaluar preguntas. Por eso, si años después te vuelven a preguntar lo mismo que estudiaste en el colegio, no lo puedes responder porque se te olvidó. No se trata de mala memoria sino que tu nivel de compromiso con aquellas preguntas era mínimo. El colegio te avasalla con respuestas respecto de lo que ya se sabe mientras la vida gira sobre preguntas que no tienen respuesta, que no sabes cómo se resuelven. En el mundo que espera a nuestros hijos, memorizar respuestas no servirá de mucho. No hay nada peor que responder correctamente la pregunta equivocada. Por eso la educación tiene que prepararte para imaginar preguntas que no existen (innovar).

La escuela no ha cambiado nada y reformas como la LOMCE creo que van en la dirección equivocada.

Por hablar en primera persona, los contenidos de tercero de primaria son kafkianos: inasumibles en un curso académico por niños de ocho o nueve años, incomprensibles la mayoría de ellos e inútiles la gran mayoría de ellos. En lugar de ayudarles a descubrir lugares maravillosos y las culturas del mundo -qué mejor ejemplo para fomentar los valores, la convivencia, el respeto- hay que aprenderse los ríos y países de África… Luego nos lamentamos cuando los niños abandonan… Por muchos motivos, seguramente, pero creo que uno muy importante: están hartos y aburridos de que su cabeza sea llenada periódicamente de contenidos absurdos, que son aprendidos para ser vomitados en un examen y luego olvidados para hacer hueco a los siguientes.

¿Prepara la escuela para el mundo del mañana? Creo que no. En mi vida profesional y académica jamás he tenido que recitar listas interminables de datos -ya olvidados hace tiempo-, pero sí he tenido que enfrentarme a la resolución de nuevos problemas y situaciones, a hacer presentaciones en público, etc.  Que alguien me explique, por favor, qué sentido tiene aprenderse la tabla periódica de los elementos cuando creo que lo importante es saber consultarla e interpretar los datos que proporciona. Sinceramente, creo que nos estamos equivocando de camino.

Echo de menos cierta resistencia civil por parte de los implicados: padres, profesores y alumnos estamos muy callados, asumiendo con resignación los cambios que nos son impuestos, sufriendo en silencio. Me incluyo en lo anterior, naturalmente. Es hora de alzar la voz para que, de una vez por todas, se escuche a los profesionales que lidian todos los días y sin apenas medios con veinticinco o más niños, y que nos tienen que explicar en las reuniones para padres que el temario es inabarcable, que no nos obsesionemos con las reválidas -este año “me” tocan por partida doble-, que nos va a tocar trabajar a destajo en casa junto a ellos -¿no estábamos trabajando anteriormente su autonomía?-. Este post es mi primer granito de arena para comenzar el cambio.

Y, para que no se me acuse de tirar balones fuera, ¿qué podemos hacer desde la universidad? Tomar conciencia del problema, formar ciudadanos con sentido crítico, revisar nuestros planes de estudios, seguir investigando para mejorar la formación del profesorado, apostar por nuevas metodologías, etc. ¿Lo estamos haciendo? Creo que no, pero ya se sabe: cambiar la universidad es como remodelar un cementerio, porque no puedes contar con la ayuda de los que están dentro.  :-((

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