La piratería y el Síndrome de Diógenes

Imagen de Diógenes de Sinope
Diógenes de Sinope

Estoy debatiendo con mis alumnos de Máster sobre el tema de la propiedad intelectual. En general, creo que resultan ser una buena muestra de la sociedad, pues las posturas están muy polarizadas según seas autor o consumidor. No quiero dejar pasar la oportunidad para poner sobre la mesa algunas de las reflexiones suscitadas al calor de este debate.

Para empezar, tenemos que dejar de hablar de piratería o, al menos, con la connotación delictiva que habitualmente acompaña al término. En España, las múltiples sentencias que ha habido al respecto son claras al respecto, descartando que el hecho de descargar contenidos protegidos por copyright sea delito. Creo que sería más correcto hablar  de un uso poco ético -estoy abierto a buscar otros calificativos-, pero, en ningún caso, delito. En consecuencia, dejemos de utilizar la palabra piratería.

Hace no mucho tiempo ahorrábamos para comprar aquel libro o disco (léase casette o vinilo) de culto y no consumíamos nada más porque no podíamos comprarlo: nuestros hábitos culturales estaban claramente restringidos por la economía. Internet ha cambiado radicalmente los modelos de consumo, pero las industrias se resisten a cambiar sus modelos de negocio. Pertenezco a una generación que comenzó a ver la tele en blanco y negro, una tele en la que sólo había un canal y la llegada del segundo canal al rincón de la Castilla profunda al que pertenezco supuso una revolución -recuerdo que no se hablaba de otra cosa en los corrillos-. Sigo consumiendo televisión sentado un día y una hora concretos delante del aparato… Pero, afortunadamente, tenemos ahora muchas más opciones y cada vez más gente consume, como es natural, los contenidos cuando, donde y como quiere.

El supuesto perjuicio a los autores se basa en el concepto de lucro cesante: suponiendo que todos los que han descargado su obra la hubieran comprado, estaríamos hablando del dinero que un autor podría haber ganado pero que no ha llegado a su cuenta corriente. Se parte de un supuesto incorrecto: creo que, en el mejor de los casos, sólo un porcentaje mínimo de los que se bajan un contenido hubieran pagado por él si no hubieran tenido otra forma de adquirirlo. Internet nos permite picotear cosas que no podíamos ni imaginarnos, de manera que probamos lo que tenemos al alcance de un click y ampliamos nuestro consumo cultural. De hecho, los estudios, incluso los hechos por la Comisión Europea, poco sospechosa de estar a favor de las descargas, demuestran que, en general, los que consumen más música de manera ilegal -para entendernos- consumen más música de manera legal, concluyendo que las descargas son más una oportunidad que una amenaza para la industria musical.

Por último, creo que todos conocemos personas que descargan compulsivamente cosas que luego no consumen. Es un hecho objetivo: sólo el 5% de la información almacenada es analizada. ¿Hay lucro cesante aquí? Se trata de una versión digital del conocido Síndrome de Diógenes. Tenemos tal sobreabundancia de información que almacenamos artículos, presentaciones, tesis doctorales y un largo etcétera de cosas que nunca llegamos a leer por falta de tiempo.

Asunto complejo, pues, el de las descargas, que, en mi opinión, sólo tiene un remedio posible: modelos de negocio que hagan viables las vías ortodoxas (me resisto a utilizar “legales”). Creo que nadie está dispuesto a renunciar al modelo de consumo que permite Internet y dejar probar muchas para cosas para recuperar al Diógenes de Sinope original

 

 

 

 

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