Ser o no ser… (en Google)

Computer charger trip wire, 2011 by Justin Kemp

En algunas de mis asignaturas de postgrado, después de plantear algunas prácticas de búsqueda de información, propongo a los alumnos debatir sobre por qué usan Google y, lo que es más importante, les invito a analizar las respuestas que han dado a las preguntas: consultar si podemos considerar fiable o no una fuente, contrastar siempre la información, etc.

No deja de resultarme curioso que la inmensa mayoría de ellos -adultos que, al menos, tienen una licenciatura universitaria a sus espaldas- se limite a dar razones simples y a no pensar mucho en ello, llegando a afirmar rotundamente que lo encontrado con Google es una verdad absoluta.

Pongo un ejemplo: les pido que busquen la película favorita de George W. Bush y, como es natural, dado lo controvertido del personaje en cuestión, las informaciones que se pueden encontrar son de lo más variopintas, desde Austin Powers hasta Black Hawk Down.

Ellos se limitan a darme la primera respuesta sin pararse a pensar nada más y yo les llamo la atención sobre varios aspectos: desde que no podemos quedarnos con lo primero que encontramos -no me imagino a un presidente de EE.UU. declarando públicamente que las películas de Austin Powers son sus preferidas- hasta cómo influyen nuestras propias creencias en dar credibilidad a la información que encontramos, pasando a analizar por qué Google le ofrece a cada uno de ellos distintas listas de resultados (pero esto lo dejaré para otra entrada posterior).

Intento hacerles conscientes de que cuando buscamos sobre hechos científicos o históricos (el número de protones de un átomo de uranio o en qué año tuvo lugar la batalla de las Navas de Tolosa), la información que vamos a encontrar será, en general, coherente y uniforme, pero que hemos de tener cuidado con la propia naturaleza de la pregunta cuya respuesta estamos buscando. Volviendo a nuestro ejemplo: cabe pensar que la película favorita de cualquier persona vaya evolucionando, cabe pensar que alguien pueda decir algo que considera lo más adecuado en un momento determinado (por ejemplo, que un presidente de EE. UU. declare que su película favorita es una que destaca elementos patrióticos, las bondades del American way of life, etc. o que ridiculice las de los enemigos declarados…), etc.

Es como buscar si Ratzinger ha sido (es) un buen Papa, si Zapatero ha sido un buen presidente del Gobierno o si el Balón de Oro debía ganarlo Messi o Ronaldo… Me da igual dónde se busque la información (Internet, periódicos, libros, enciclopedias, etc.), pues necesariamente todos los soportes reflejarán el punto de vista personal del autor, dado que se trata de interpretaciones y no de un hecho contrastable, por lo que nosotros nos quedaremos con lo que mejor encaje con unas creencias previas.

Y, a pesar de mis esfuerzos, en no pocas ocasiones, la respuesta que obtengo es que, básicamente,  se trata de un problema “técnico”, de que no buscamos bien, cito textualmente:

“Sí, estoy convencida de que en Internet podemos encontrarlo todo pero hay que saber buscar (cómo buscar: operadores…), dónde buscar (hay buscadores y páginas más fiables que otros)”

Ergo, si algo sale en Google, existe y es verdad verdadera y, recíprocamente, si algo no sale en el omnipresente buscador es que no existe o, peor todavía, no merece la pena ser conocido… Insisto en que mis alumnos son adultos con buena formación y sentido crítico forjado en sistemas educativos ahora añorados por otros motivos.  El problema es más preocupante si tenemos en cuenta que nuestros jóvenes se forman en Google (digo bien, “en” y no “con”, no hay más fuentes consultadas), sin plantearse si lo que están buscando tiene sentido o no, así que mejor no hablamos de la calidad de las respuestas que encuentran.

En este sentido, no dejan de resultarme interesantes experimentos como el Justin Kemp: hizo algunas búsquedas para las que Google no proporcionaba ningún resultado y se dedicó a crear, literalmente, las cosas que buscaba. En Adding to the Internet, podemos encontrar su “perrito caliente bajo la almohada” o su “cargador para ordenador con cable trampa“. Inventaba el objeto, hacía una fotografía, la subía a Internet y a esperar a que Google completara el ciclo indexando el contenido. Antes de tomar forma, estas obras no existían, al menos si nos ceñimos a los resultados del buscador, por lo que este interesante ejercicio de creatividad viene a criticar las verdades inmutables de la sociedad de la información de la mejor forma posible, parodiándola.

En los próximos años, no resultará extraño que alguien escriba que Hamlet dijo “Ser o no ser en Google, he aquí la cuestión”…

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