El arte de preguntar

Tomo prestado el título de esta entrada de la newsletter 114 de Catenaria que escribe Javier Martínez Aldanondo. Llevo dándole muchas vueltas al asunto desde que leí sus reflexiones con interés -lo que Javier escribe casi siempre me resulta muy interesante-, y, tras asistir estos días a las reuniones iniciales del colegio, no consigo quitarme sus pensamientos de la cabeza, pues lo que puedo ver en la realidad educativa actual está perfectamente reflejado en sus palabras y lejos de los ideales de educación que ambos compartimos. No me resisto a citar textualmente el párrafo que me parece más revelador:

El principal rasgo de la inteligencia es la capacidad de aprender. Y el elemento más importante para aprender es hacerse las preguntas adecuadas porque demuestran algo capital: que estás pensando intensamente. Sin embargo, ya desde el colegio hacemos justo lo contrario. La trayectoria educativa se mide por la capacidad de responder preguntas que tú no te haces (las hacen tus profesores) y por tanto no te interesan. Lo que más teme un profesor es una pregunta que no sabe contestar lo que explica por qué en las aulas abunda el monólogo en lugar del diálogo. Tanto énfasis en memorizar respuestas solo se explica porque tenemos pánico a hacer preguntas. Es mucho más fácil evaluar respuestas que evaluar preguntas. Por eso, si años después te vuelven a preguntar lo mismo que estudiaste en el colegio, no lo puedes responder porque se te olvidó. No se trata de mala memoria sino que tu nivel de compromiso con aquellas preguntas era mínimo. El colegio te avasalla con respuestas respecto de lo que ya se sabe mientras la vida gira sobre preguntas que no tienen respuesta, que no sabes cómo se resuelven. En el mundo que espera a nuestros hijos, memorizar respuestas no servirá de mucho. No hay nada peor que responder correctamente la pregunta equivocada. Por eso la educación tiene que prepararte para imaginar preguntas que no existen (innovar).

La escuela no ha cambiado nada y reformas como la LOMCE creo que van en la dirección equivocada.

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Elogio de la educación lenta

Hace algún tiempo que tenía ganas de escribir sobre Joan Domènech, autor de un interesantísimo libro titulado “Elogio de la educación lenta” publicado por Graó. Compré el libro porque leí en alguna parte -quizás en un periódico online o en alguno de los blogs que sigo, no lo recuerdo muy bien- una frase que copié en mi Evernote:

‘Cronos’ es el tiempo que duran las cosas, el que marca el reloj. ‘Kairós’ es el tiempo que necesitan las cosas para ser. Joan Domènech cree que los maestros, como los payeses, se deben a ‘Kairós’ para obtener frutos.

Creo que no es posible expresar mejor con menos palabra la industrialización de nuestra educación: todos los niños “aprenden” a ler con tal o cual edad, todos tiene que saber dividir por dos cifras en cuarto de primaria (algo que, como el resto de abnegados padres que tienen hijos en este curso, estoy sufriendo en primera persona), todos…

Dice Domènech -qué gran frase nuevamente- que “la prisa causa accidentes pedagógicos”, que al acelerar o forzar las cosas hay riesgo de perder cosas por el camino, y que estos problemas se pueden solventar con un poco de flexibilidad, poniendo como ejemplo la formación de los grupos escolares, en los que se agrupa a los niños nacidos en el mismo año, sin tener en cuenta que el desarrollo de los nacidos en enero será, en general, muy diferente al de los nacidos en diciembre del mismo año (prácticamente doce meses de diferencia en tan cortas edades supone un salto madurativo considerable).

Recientemente se presentó el último informe PISA y los resultados de España siguen, más o menos, donde estaban en la anterior oleada. Aunque es muy complejo intentar diagnosticar las causas y, por otra parte, PISA no es infalible ni concluyente, me pregunto si no nos iría mejor siguiendo los sabios consejos de Domènech.

¿Qué pinta todo esto en un blog sobre la tecnología en la educación? Mucho: si aprovecháramos las posiblidades que nos brinda la tecnología y consiguiéramos apuntalar una cierta flexibilidad administrativa y académica, creo que se podrían alcanzar metas ahora tan solo soñadas.

Comencemos con propuestas concretas: ¿qué tal unos deberes “a la carta” en lugar de mandar hacer lo mismo a todos los alumnos de la clase independientemente de cuáles sean sus puntos débiles a reforzar?